¡La Sabiduría enriquece, pero la necedad empobrece!
Las manos de los sabios conducen a la riqueza, las manos de los necios llevan a la pobreza. Prov. 10:4
Cuando el sabio comete un error, lo reconoce y dice: “Me equivoqué”, y corrige.
El necio responde: “No fue culpa mía” y busca responsabilizar a otros.
Ante la adversidad, el sabio piensa: Algo bueno aprenderé de esto, y me servirá para el futuro.
El necio se queja: ¡Qué mala suerte! ¿Por qué a mí? ¡A mí me pasa todo lo malo!
Frente al trabajo, el sabio lo asume apasionadamente y se entrega con dedicación.
El necio se queja: ¡No tengo porque matarme! ¡Estoy muy ocupado, no tengo tiempo para nada!
El amor del sabio cubre todas las faltas. El odio del necio despierta rencillas. Prov. 10:12
El sabio aprende a perdonar y decide hacerlo todos los días. El necio guarda rencor y no perdona.
El sabio enfrenta los desafíos y lucha contra el temor.
El necio se evade diciendo: “Eso es muy difícil, no lo puedo hacer”
El sabio da su palabra y la cumple aun cuando represente una exigencia difícil para él.
El necio promete, construye castillos en el aire, vive de sueños, pero no hace nada.
Ante los retos, el sabio dice: “Puedo mejorar”. Lo intentare otra vez.
El necio se justifica diciendo: “No soy tan malo como otros que conozco”.
Los labios del sabio hablan palabras provechosas, pero la boca del necio habla perversidad. Prov. 10:32
El sabio escucha, se esfuerza por comprender y después responde.
El necio sólo piensa en que lo suyo es más importante y responde emocionalmente.
Ante alguien que sabe más, el sabio lo respeta y busca aprender de él.
El necio siente envidia y piensa en los defectos que puede encontrarle.
Cuando hay complicaciones, el sabio busca una mejor forma de hacerlo.
El necio se conforma pensando: “Así se ha hecho siempre y no hay de otra”. ¡No hay nada más que hacer!
La mujer sabia edifica su hogar, pero la necia con sus propias manos lo destruye. Prov. 14:1
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